EL REGRESO DE UN HIJO NATI-MUERTO

DANIEL EFRAÍN RAIMUNDO

 Dedicado a todos los que hicieron posible el regreso del pródigo libro. Con especial gratitud a Katia Japa, Ana Ortega Jaén y a la Doctora María Nerys Pérez Ramírez.

«La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta». André Maurois

 

EL NIDO DEL ÁGUILA, VALLE BONITO.- La primera máxima de mi padre para mí fue: «Danielito, los libros no se prestan». Hube de obtener muchos libros. También, fui coleccionador de tarjetas de béisbol. Además, coleccionaba libros. Libros que no quisieran las personas los pedía para que no les dieran funeral tan temprano. En una ocasión en mi biblioteca personal que tenía más de 17 mil volúmenes, pues presté un libro que me había regalado mi hermana Esther, entre otros, que era un tesoro para mí. El libro en cuestión lo presté y no recuerdo a quien. Debió ser a un grande amigo, porque mis libros no lo presto. Era un libro que aclaraba muchas dudas de los vocablos. La semántica se hacía más rica y el libro en cuestión daba sed de leerlo; era un majar para saborear cada palabra. No era una Sed de Olvido.

 Un libro que me enseñó a diferenciar muchas cosas, por ejemplo entre Menesteroso e indigente. De ese libro aprendí de memoria lo que había allí escrito. Menesteroso es el que no tiene todo lo que ha  menester para vivir. Ha menester más.

 Indigente es el que apenas tiene para mantener a su familia; es decir, a su generación, a su casta, porque indigente viene de genio, que significó primitivamente procreación o engendro. Así es que esta voz no puede aplicarse a un individuo, sino a una familia o a una clase. Clases o familias indigentes.

 El menesteroso no tiene lo necesario.

El indigente no tiene lo preciso.

Menesteroso significa pobre.

Indigente significa miserable.

 Y en mi desesperación en la búsqueda del libro no me di por rendido. Seguí tocando puertas. Visité los lugres en toda la capital donde venden libros usados y en ninguna parte lo encontré. Pensé que quizás por haber prestado esa joya no merecía o no era digno, porque merecer supone servicios, ser digno supone virtudes. Pensé que el libro se había enojado hasta lo sumo conmigo. Lo primero que hice, luego de tantos caminos que se volvían nada, fue comunicarme con una amiga en Marbella España, Ana Ortega Jaén. Me dijo que haría lo indecible, pero pasó el tiempo y no hubo resultados. Averigüé con varios amigos intelectuales dominicanos y tampoco, el enfadado libro conmigo, aparecía. En la librería Cuesta no aparecía y cuando visité la Librería Trinitaria ya la habían cerrado, porque nadie compraba libros con mucha tristeza recibí esa información. Comencé a pensar lo que me había dicho mi padre desde niño: «Danielito, los libros no se prestan». En mi desesperación ya casi me daba un patatús que es una pataleta consciente de la impotencia que uno tiene al perder algo tan preciado y que se haga tan difícil reencontrarlo.

 Finalmente, recurrí a una amiga que me había pedido algunas recomendaciones de libros y precisamente le recomendé el libro perdido y lo encontró milagrosamente. Se me ocurrió decirle que si podía hacerme el favor de averiguar por el libro que fuera edición de 1944 ó 1951. Una noche cualquiera me dijo: ¡Te encontré el libro en Madrid y ya lo pedí para enviártelo inmediatamente!

 La espera fue desesperante conociendo la oficina de correos dominicanos. Al fin me llamaron… el libro estaba en territorio sagrado, República Dominicana. Ayer recibí el libro. ¡Y qué libro! Cuando me lo entregaron me puse a llorar y él entre suspiros y sollozos me decía: «No te olvides lo que te dijo tu padre que los libros no se prestan y yo he sufrido tanto contigo, porque me tiraste como una lagartija en un desván olvidado».

 

¡Perdóname! ¡Perdóname, por favor le pedí de rodillas!

El con alegría entremezclada me dijo lee el dictamen de la persona que me encontró en Madrid.

 «Con mucho cariño para mi amigo y colega, Daniel Efraín Raimundo. Espero que seas feliz con la fragilidad de estas láminas de perlas, que llegan para abrazar el calor de tu otoño Eviterno». Katia Japa.

 El libro en cuestión lo abracé; lo acaricié. Roque Barcia había llegado de nuevo a los estantes de mi biblioteca con sus Sinónimos Castellanos. Edición 1951. Hoy no he podido dormir de tantas emociones vividas.

 El mismo Barcia nos recuerda: «No se pone en duda que aquel que presta sabe a quién presta y sabe si es confiable o no, aquel que presta sin conocer mucho a la persona pone en riesgo su libro puesto que sobran quienes no cuiden lo que se le presta por la simple razón de que a ellos no les costó, podremos pensar que lo cuidarán demasiado porque no es suyo y tienen que devolverlo pero ¡para todo hay!, personas conscientes y no conscientes de que si les prestan algo se debe devolver con la misma calidad con que se recibe. Pero ¿Puede ser un error por parte del prestador? A mi punto de vista si, puesto que ya sea un gran lector o uno que apenas empieza sabe que lo que presta vale mucho y no únicamente monetariamente, sino en el ámbito de aquello que contienen sus páginas, la historia y hasta un sentimiento especial porque pudo habérselo regalado alguien que lo aprecia y sabía que ese era un buen regalo.»

 

Decía Jorge Luis Borges: «Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.»

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©- Daniel Efraín Raimundo.

El Nido del Águila, Valle Bonito. República Dominicana, viernes, 20 de octubre de 2017. Imposible entender mis hebras sin escuchar la música.

DANIEL EFRAÍN RAIMUNDO

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